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La Asturias Romana en el Museo Arqueológico de Asturias

3 May

Cuarto capítulo. La exposición permanente del Museo Arqueológico de Asturias desarrolla en el antiguo claustro alto del Monasterio de San Vicente el apartado relativo a la Asturias Romana.

Se advierte rápidamente la dificultad que ha debido de suponer la integración en un edificio histórico esta parte de la exposición, rompiendo de forma radical con la estética y la ambientación general del resto, que se ubica en el marco de un edificio nuevo donde predomina la luminosidad. Este escenario es completamente distinto: un claustro del siglo XVIII restaurado, con suelos de madera antigua, conformado por cuatro largos pasillos, donde la pared que da al jardín está llena de ventanas y contraventanas.

La panda este del claustro se dedica a la romanización de los astures y de los castros. La panda norte muestra los materiales de las villas y las ciudades típicamente romanas. La panda oeste continúa este discurso pero durante el periodo bajoimperial. La panda sur concluye el apartado con la explicación de las costumbres funerarias romanas y con los materiales de la tardorromanidad, de ese periodo tan desconocido que va del siglo V al siglo VII en Asturias.

Lo que más nos ha llamado la atención es poder disfrutar de nuevo de la amplia colección de lápidas romanas que posee el Museo Arqueológico. Sorprende verlas limpias puesto que aún las recordamos con la suciedad acumulada a lo largo de cientos de años… Nada más entrar la imponente réplica de la lauda de Pintaius domina el primer apartado.

Destaca también la presencia de los capiteles romanos hallados en diversos puntos de Oviedo, especialmente el capitel localizado junto a los restos de la fuente de la Rúa. Se trata de materiales romanos localizados de forma descontextualizada en varios solares de Oviedo, y que evidencian el uso y el acarreo de materiales romanos durante los inicios de la Edad Media a la nueva ciudad.

En las pandas norte y oeste un suelo técnico permite elevarse unos centímetros del suelo original del claustro para albergar varios ejemplos de pavimentos romanos provenientes de yacimientos asturianos: el suelo de ladrillos romboidales de Lugo de Llanera, el mosaico de Andallón y un fragmento del mosaico de Memorana. Quienes recuerden el antiguo mosaico de la sala romana, el de Memorana o Vega de Ciego (Lena) se sorprenderán al ver sólo una esquina del mismo, pero en realidad se trataba de un mosaico pintado en escayola, salvo el fragmento que se presenta actualmente. El mosaico de Andallón ha salido de los almacenes del Museo y se ha restaurado para la nueva exposición.

Cabe preguntarse, al ver el mosaico y la calidad dudosa de su restauración, si ha merecido la pena el esfuerzo. La verdad es que se trata de una pieza única en Asturias, ya que hoy en día sólo conocemos dos mosaicos más o menos enteros, este y el de la villa de Veranes. De todas formas quizá podría haberse ahorrado este esfuerzo para ver un mosaico geométrico del que se ha perdido un 40% y en el que se notan las pocas reintegraciones que se han hecho, no porque tengan un color un brillo diferente, sino por la falta de habilidad con la que han sido ejecutadas.

Nos ha sorprendido un poco que en alguna de las vitrinas, como muestra la foto superior, se exponen piezas muy fragmentarias. No se entiende muy bien para qué, sobre todo cuando las cartelas no te indican de dónde procede cada una de las piezas, sino que se despachan con varias denominaciones generales. Da la impresión de que el claustro alto de San Vicente ha resultado ser un poco grande para tanta vitrina y tanta cerámica, espacio que podría haberse aprovechado para exponer alguna estela más, como el gran fragmento decorado con entrelazos de la estela funeraria de La Doriga o la fuente de Laspra.

Con esto no queremos decir que haya pocas lápidas. Precisamente lo más bonito de este apartado de la exposición es esta esquina suroeste del claustro, en el que se exponen varios epígrafes vadinienses, lápidas oikomorfas, estelas antropomorfos, estelas-cipo y tres inscripciones votivas.

Junto a ellas, los mejores materiales de toda la época romana asturiana, que no son ni las cerámicas del Navia, ni las de Gijón, ni el mosaico geométrico de Andallón, sino los ajuares de la necrópolis romana de Paredes (Siero) que ofrecen ejemplos excepcionales de vidrios, inéditos en Asturias.

La museografía continúa la tendencia del resto del Museo, con pocas cartelas y los mismos recursos expositivos. Sí sorprende la mayor y mejor calidad de los audiovisuales, no sólo desde un punto de vista material, sino también en su concepción, mucho más elaborada que en otros ejemplos como algunos lamentables del apartado prehistórico, rodados a baja calidad y donde simplemente se juega con cuatro fotos. El audiovisual que se dedica a los vadinienses resulta espléndido.

Sin embargo también hay cosas que no nos han gustado. Como en otros apartados hay alguna hipótesis convertida en certeza que resulta muy discutible, como la cita de varios objetos romanos en Oviedo buscando un pretendido origen romano a la ciudad. Si hubiera existido una ciudad romana ya se habría dado con ella; porque se hayan localizado los restos de una fuente tardorromana, unas pocas monedas en solares ovetenses y tres capiteles romanos no parece que debamos incluir a la capital asturiana en la nómina de enclaves romanos a la altura de Gijón y la villa romana de Veranes.

También se detecta cierto exceso en la cantidad de espacio dedicado a lo romano, de forma que algunas vitrinas parecen rellenadas con materiales de peor calidad como ya hemos dicho antes. Sin duda condiciona la arquitectura ya que podría haberse condensado lo romano en tres pandas, pero ¿cómo se meten los restos arquitectónicos del Reino de Asturias en una panda de un claustro de apenas cuatro metros de ancho y con ventanas y contraventanas que no permiten apoyar en una pared? Pero el caso es que hay un exceso de cerámicas romanas, llegando al absurdo de exponer fragmentos que no sirven para ilustrar nada mientras que se echan de menos otras piezas romanas relevantes que han quedado en el almacén, como las estelas indicadas o un mínimo discurso sobre la numismática romana.

Como en otros apartados se echa de menos una explicación concreta de elementos clave como la cerámica romana, ya que se le dedica tanto bombo. ¿Qué es la cerámica común? ¿Cómo usaban la “vajilla” que tanto se repite? ¿Comían con las manos? ¿En plato común? ¿Platos para cada uno? Ya que es tan importante la cacharrería, qué menos que contar algo sobre las costumbres gastronómicas romanas. Es lo mismo que sucede con las fíbulas, broches y pasadores castreños, se exponen al mogollón, pero ¿dónde hay una explicación para que la gente sepa exactamente qué es eso, qué fragmento les falta y para qué se usaba?

En definitiva: la visita de este apartado merece la pena. Muestra gran cantidad de materiales inéditos e interesantes y es la que presenta una mejor calidad en el discurso, pese a que haya cierto exceso de piezas de segundo orden. Museográficamente está un poco oscuro, frente al resto del Museo, donde sobra luz, pero ha quedado bastante bien integrado este apartado en un edificio histórico, pese a que hemos oído opiniones (bastante indocumentadas) muy contrarias al uso del claustro como espacio expositivo. Pero si no se hubiera usado, ¿nos habríamos quedado con el mejor claustro de época moderna de Asturias sólo para la contemplación?

Didácticamente podría estar mejor, como todo el Museo, pero suponemos que sus diseñadores habrán querido dejar algo para los que vengan detrás, huyendo de lograr la perfección, lo que no deja de ser una clara muestra de modestia y humildad.

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El Castro de Coaña

24 Ene

El primer yacimiento castreño que se excavó en Asturias fue el El Castelón de Villacondide, conocido popularmente como el castro de Coaña, por ubicarse en este concejo de la costa occidental asturiana. Seguramente esta excavación de José María Flórez en la década de 1870 sea la primera publicada. Después de la Guerra Civil se hicieron nuevas investigaciones y se ha seguido interviniendo en este yacimiento de forma esporádica hasta hoy prácticamente.

Hace unos días hemos estado por allí. El yacimiento, tal y como hoy lo contemplamos, debe mucho a la mano de Juan Uría y Antonio García y Bellido, los arqueólogos que en la década de 1940 buscaban aquí los orígenes celtas de España. Ya en ese momento se debieron de reconstruir algunas cabañas que hoy vemos cubiertas de tapines de musgo y hierba que protegen la cabeza de sus muros, dándole un aspecto de ruina romántica muy evocador.

Al pie del castro hay un aula de interpretación, bastante bien integrada en el entorno, al estar prácticamente enterrada y colocada por detrás de las ruinas arqueológicas, siendo prácticamente invisible. En ella se hace un discurso general sobre el fenómeno castreño en asturias y la época romana, cuyo contenido está superado en algunos detalles (data de principios de la década de 1990) pero que aguanta muy bien el tiempo.

Si queréis pasar un buen rato, dad un paseo entre estas ruinas que nos acercan un poco a los orígenes de la Asturias que hoy conocemos.

Actualización de 5 de enero de 2013. Castros de Asturias recoge una errata en esta entrada en la que atribuimos al padre Flórez las primeras excavaciones en Coaña, en vez de a José María Flórez. Desde aquí les queremos agradecer su amable aportación. ¡Nos encanta saber que tenemos tantos admiradores y que nos siguen tan de cerca!