Un nuevo estudio sobre la cueva de El Pindal

21 Abr

Dentro de pocos días se presentará el próximo libro de Ménsula Ediciones: La cueva de El Pindal 1911-2011. Estudio de su arte rupestre cien años después de Les cavernes de la région cantabrique. Hoy os ofrecemos una entrevista a la autora del estudio, María González-Pumariega Solís.

Después de la Guía del Arte Rupestre Paleolítico en Asturias que publicaste anteriormente con la Editorial Ménsula, ¿te has animado a seguir por el camino de las publicaciones relativas a este tema?

La idea de volver a escribir la cueva del Pindal llevaba en la recámara muchos años. Era una idea anterior a la Guía pero que ha tardado más en salir porque ha estado supeditada a los tiempos marcados por los estudios universitarios. Esta monografía sobre el Pindal es el trabajo que presenté en 2009 como memoria de Doctorado con el fin de poder obtener el Diploma de Estudios Avanzados y espero que no sea el último trabajo que haga sobre el arte de las cuevas.

El arte de la cueva del Pindal se publicó en 1911. ¿Era necesario volver a escribir sobre una cueva conocida desde hace un siglo?

Puede parecer contradictorio que una cueva conocida desde hace tanto tiempo y estudiada por distintos prehistoriadores, muchos de ellos además de gran prestigio intelectual, necesite una revisión; pero, así es. De hecho, todas las cuevas estudiadas y publicadas durante las dos primeras décadas del siglo XX deberían ser “revisadas”. Y no porque los prehistoriadores de entonces tuvieran un déficit de conocimientos (¡Pindal fue publicada por el abate Breuil, el Papa de la Prehistoria!), sino porque a lo largo del siglo XX la forma de estudiar el arte de las cuevas ha ido desarrollándose con el descubrimiento de nuevas cuevas, con la ampliación de los conocimientos teóricos y con nuevas formas de mirar las paredes. Lo que hoy vemos en el interior de las cuevas es lo mismo que vieron o pudieron ver los investigadores pioneros, pero ahora tenemos el bagaje de un siglo de investigación.

Hace unos años descubriste una figura que nadie había visto antes…

Esto es precisamente a lo que me refiero. La cabeza de bisonte que yo encontré en 2006 no está escondida, sino que está en el panel principal, delante de los ojos de todos los que lo miraron. Ya estaba en 1908, cuando Breuil estudió la cueva, y en 1954, cuando la estudiaron Jordá y Berenguer, pero su concepción artística no era familiar para los investigadores de entonces. Creo que se atendía más a lo simplemente pintado y grabado sobre las paredes que al uso que los artistas paleolíticos hacían de la propia geología y de los espacios interiores. Además, yo he tenido otra ventaja indudable frente a esos prehistoriadores tan importantes, y es que le he podido dedicar más tiempo a la cueva…

Claro, porque tú eres la guía de la cueva…

Desde hace casi doce años, lo cual quiere decir que he entrado muchas, muchas veces.

Pero normalmente entras con los visitantes para hacer las visitas guiadas…

Y también sin ellos, en los ratos muertos o al terminar de trabajar o cuando estuve haciendo el trabajo de investigación… En cualquier caso, algunos visitantes también me han dado puntos de vista interesantes. Y, también, hay una actividad fenomenal que hacemos periódicamente los guías del Pindal, el Buxu y Tito Bustillo. Lo llamamos “brain storming paleolítico”, es decir, nos juntamos en una cueva, nos ponemos delante de sus pinturas y… a discutir de lo que vemos y cómo lo vemos. Ideas y puntos de vista puestos en común…

Parece que los guías de las cuevas tenéis interés por vuestro trabajo. Hace unos meses celebrasteis un encuentro internacional aquí, en Asturias.

En general, sí. Somos pocos y el arte rupestre es tan misterioso que engancha a casi todos los que nos dedicamos a él… Decía Leroi-Gourhan que las imágenes de las cuevas atraen al curioso por lo que encierran de belleza y por lo que conservan de pensamiento. Esa es la clave: los guías de las cuevas estamos, en cierto modo, un poco obsesionados con lo que enseñamos. Celebramos encuentros anuales en España, Francia o Portugal. Nosotros, los asturianos, también hemos aprovechado nuestras vacaciones para visitar otras cuevas. ¡El año pasado visitamos Chauvet!: nos avisaron de la posibilidad sólo con 15 días de antelación. Así que, avión de Ranón a Barcelona y, después, coche de alquiler hasta el Ardèche. Era febrero y hacía un frío glacial, con carámbanos en la calle, pero quizá sea una de las visitas más importantes de nuestra vida: la organización del arte dentro de la cueva, las composiciones supermisteriosas, las pisadas de los paleolíticos en el suelo. Fue una visita increíble. También hemos estado en Niaux, en Pech Merle, en Font de Gaume, en Gargás, en la réplica de Lascaux, y en la de Ekain, y en la de Altamira… Es fundamental conocer lo que existe, comparar las cuevas de unos sitios con otros para intentar entender lo que explicamos todos los días al público que visita las nuestras. Creo que es un trabajo interesante.

Pero, las cuevas de Francia están lejos de las de aquí. ¿Qué tiene que ver la cueva del Pindal con otras que están a más de 500 kilómetros?

La cueva del Pindal es más parecida a la cueva de Niaux, en pleno pirineo francés, que a Tito Bustillo, que está a menos de cincuenta kilómetros. Me temo que las fronteras autonómicas serían un poco estrechas para los paleolíticos.

¿Por qué crees que hay que leer tu libro sobre la cueva del Pindal?

Un libro de este tipo se puede leer por distintas razones y cada cual lo lee a su ritmo y a su estilo. El que conozca la cueva, porque en él se dicen cosas nuevas y se completan algunas de las ya sabidas; el que no la conozca, para conocerla. Algunos apartados pueden ser algo “densos” para el público no especializado, pero el aparato gráfico es muy atractivo y muy interesante: se han elegido imágenes poco conocidas o desconocidas y perspectivas novedosas; además, hay una foto o un dibujo de todas y cada una de las figuras de la cueva. Y, bueno, hay que ver la creatividad desplegada por el diseñador, Miguel Noval –un licenciado en historia repensado al mundo del diseño-, porque la imagen del libro es tan fresca y tan actual que invita a abrirlo, ojearlo y leerlo.

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